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22 noviembre 2010

Lluís Alcanyís. MÉDICO I POETA VALENCIANO.


MÉDICO QUE: Tiene dedicado el nombre de un hospital de Xátiva a su memoria

Xátiva (Játiva) fue y es una de las poblaciones más importantes del Reino Valenciano y allí nació LLuís Alcanyìs y allí trascurrió su juventud, del que seria medicó que actualmente esta casi olvidado. Se crió en el seno de una familia de origen judío, su padre era notario. Acabados sus estudios de Medicina en 1462, se le sitúa en la ciudad de Valencia en 1467, donde los investigadores consideren, con mucha probabilidad, que desarrolló toda su actividad profesional. Su dedicación, conocimientos y dedicación a al enseñanza fueron esenciales para el progreso de la medicina académica española del Renacimiento, en Valencia se incorpora a la vida cultural, resaltando por su interés en las letras, al participar en el certamen poético de 1474, donde se distinguió también por sus talentos poéticos, siendo autor del primer libro de carácter literario impreso en España.

Estuvo casado en dos ocasiones, con mujeres judías conversas. De estos matrimonios tuvo dos hijos con su primera esposa y, con la segunda, Elionor Esparça, cuatro hijas y un hijo, llamado Francesc, que fue también médico.

Entre sus pacientes famosos se encontraban algunos de los personajes más relevantes de Valencia, como el "mestre racional" Guillem de Saera. En 1469 fue nombrado médico personal del rey Ferran II de Aragón, el futuro rey Fernando el Católico, y hay constancia de que atendió a la reina Isabel la Católica en 1498.

En la su vertiente docente, Lluís Alcanyís ejerció como examinador de médicos desde 1467 a 1477 y fue maestre lector de la escuela de cirugía de Valencia (1469, 1472 y 1487). Con la fundación de la Universitat de València el año 1499 y, por tanto, con la creación de la Facultat de Medicina, Lluís Alcanyís ocupó la "cadira de medicina e cirurgia", es decir, la primera y única cátedra de medicina, y entre los años 1500 y 1504 ocupó la "cadira de principis".

Lluís Alcanyís era uno de los pocos cirujanos europeos que practicaba disecciones en el siglo XV. Fueron sus esfuerzos los que condujeron a que se autorizara la disección de cadáveres humanos, tabú en la época en la mayoría de las facultades de medicina europeas. En lo referente a su actividad pública, en 1490 recibió el privilegio de "dessospitador de ferides de la ciutat de València i els seu terme", de forma que se convirtió en el perito médico de la ciudad y su término ante la corte de justicia criminal. También fue nombrado médico del "Hospital dels Innocents" en 1491, hospital que se convirtió en la matriz del actual Hospital General de Valencia, que fue instituido el año 1512.

La fama de Lluís como médico y como maestro de estudios medicos, fue conocida por el Papa Alejandro VI, quien a través de una bula pontificia había ya dado luz verde para la creación del "Estudi General". El Papa, que también era setabense, felicitó personalmente a Lluis, por sus iniciativas en lo referente a la primera cátedra de Medicina y la creación del "Estudi General".

Entre la obra escrita que ha llegado a nuestros días de Lluís Alcanyís se encuentra su participación en un certamen poético en honor de la Virgen en 1474, que fue recopilado en el libro "Trobes en llaors de la Verge Maria", primer texto impreso en la valenciano y uno de los primeros textos impresos en la península ibérica, cuya única copia conservada se guarda en la Biblioteca Histórica de la Universidad de Valencia.

El Dr. Alcanyís fue asimismo el autor del primer libro original de medicina escrito en Valencia: Regiment Preservatiu E Curatiu De La Pestilència (1490, figura), de carácter practico, inspirado en la epidemia que azotó su ciudad en el invierno de 1489. La obra describe los síntomas de la peste, sus causas y tratamiento según las teorías de la época. Aporta consejos hasta entonces inéditos sobre higiene personal y se caracteriza por remedios y fórmulas para combatir diversas aflicciones, así como numerosos consejos culinarios.

Lluís Alcanyís se había convertido al cristianismo, con lo que evitó ser expulsado de España en 1492. Más once años después fue acusado de "judaizante" y, por lo tanto, de "malhechor". A pesar de su vasta reputación intelectual, de su posición y el reconocimiento en la gran labor médica que realizaba en Valencia, el converso Alcanyís fue acosado por la agresiva persecución inquisitorial, que apoyaba una reina Isabel obsesionada en el exterminio de los cripto-judíos.

Isabel I de Castilla, fundó la Inquisición Española en 1478, expulsó a los judíos, e introdujo la censura para la imprenta en 1502, y toma un papel personal en el martirio de nuestro protagonista. El médico valenciano fue encarcelado, cayendo en ruina física y moral a causa de casi tres años de prisión y tormento, llegando a delatar a su propia esposa, acción que algunos historiadores ponen en duda por haber sido torturado. Por indicación expresa de la reina Isabel La Católica fue condenado a morir en la hoguera, en compañía de dos mujeres y tres hombres más, en 1506.

En 2006, al cumplirse 500 años de su muerte, en su recuerdo y como desagravio se plantó un árbol en el Jardín Botánico de Valencia.

Fuente: BENITO GOERLICH, D. (2007): A la memoria de Lluís Alcanyís: en el V centenari de la seua eixida d'aquest món. Mètode: Revista de difusió de la investigació de la Universitat de València, nº 53. Universitat de València, València.

FERRAGUD i DOMINGO, C. (2009): La trista història del metge Lluís Alcanyís.Mètode: Revista de difusió de la investigació de la Universitat de València, nº 61. Universitat de València, València.

Comentario:

La función de la Inquisición funcionaba como una policía al servicio del Estado, querantndo derechos. De todos los tribunales de la Inquisición, el de Valencia, fue uno de los más activos, en esta ciudad se cobro hasta 1000 victimas solo en 1488, hasta 1530 juzgo a 2354 personas, 1197 hombres y 1157 mujeres. Los acusados procedían en su mayoría de clases medias y su gran porcentaje de comerciantes judíos, representados por el 44,6% y de oficios artesanos un 47 %, entre el 89 y 90 % eran judaizantes. La nobleza y algunos clérigos llenaban el resto del porcentaje, acusados de luteranismo, blasfemia, brujería y amenaza a la seguridad.

La Inquisición sin considerar, las indicaciones de derecho y respeto humano, encarcelaba a muchas personas, sometidas a tormentos con aparatos sofisticados para hacer sufrir a los seres que eran herejes o sospechosos de serlo. Además de martirizarlo, eran desposeídos de sus bienes aquellos que eran condenados a la última pena. TRISTE FIN PARA UN BIENHECHOR DE LA HUMANIDAD.

FLORIÁN

16 octubre 2010

Cartas de Galileo a la Duquesa Cristina de Lorena, explicando su defensa ante la Inquisición.

Es la tierra la que gira alrededor del sol y no al contrario, este descubrimiento llevo a Galileo al tribunal de la Inquisición.

Cristina de Lorena (1565-1636) Fue la consorte del gran duque de Toscana Fernando I de Médici. Cristina, a causa de la prematura muerte de su marido en 1609, asumió la regencia en nombre de su hijo Cosme II de Médici destinado a suceder a su padre cuando cumpliese los 21 años, y de cuya educación se ocupó su madre orientada a las corrientes científico-filosóficas más modernas. Fue una mujer atraída por el saber científico, manteniendo una relación epistolar con Galileo Galilei, el cual dedicó a ella una de sus cuatro Lettere copernicane fechada en 1615, donde el científico refutaba que sus doctrinas estuviesen en contra de la Biblia.

Estas cartas de Galileo a la Gran Duquesa, contienen unas profundadas reflexiones intelectuales, incluimos unos fragmentos de la defensa de Galileo ante la Inquisición.

A la Serenísima Señora la Gran Duquesa Madre:


Hace pocos años, como bien sabe vuestra serena alteza, descubrí en los cielos muchas cosas no vistas antes de nuestra edad. La novedad de tales cosas, así como ciertas consecuencias que se seguían de ellas, en contradicción con las nociones físicas comúnmente sostenidas por filósofos académicos, lanzaron contra mí a no pocos profesores, como si yo hubiera puesto estas cosas en el cielo con mis propias manos, para turbar la naturaleza y trastornar las ciencias. Olvidando, en cierto modo, que la multiplicación de los descubrimientos concurre al progreso de la investigación, al desarrollo y a la consolidación de las ciencias, y no a su debilitamiento o destrucción. Al mostrar mayor afición por sus propias opiniones que por la verdad, pretendieron negar y desaprobar las nuevas cosas que, si se hubieran dedicado, a considerarlas con atención, habrían debido pronunciarse por su existencia. A tal fin lanzaron varios cargos y publicaron algunos escritos llenos de argumentos vanos, y cometieron el grave error de salpicarlos con pasajes tomados de las Sagradas Escrituras, que no habían entendido correctamente y que no corresponden a las cuestiones abordadas.

No puedo creer que Dios nos haya dotado de sentidos, palabra e intelecto, y haya querido, despreciando la posible utilización de éstos, darnos por otro medio las informaciones que por aquéllos podamos adquirir, de tal modo que aun en aquellas conclusiones naturales que nos vienen dadas o por la experiencia o por las oportunas demostraciones, debemos negar su significado y razón; no creo que sea necesario aceptarlas como dogma de fe, y máxime en aquellas ciencias sobre las cuales en las Escrituras tan sólo se pueden leer algunos aspectos, y aun entre sí opuestos. La astronomía constituye una de estas ciencias, de la cual sólo son tratados algunos aspectos, puesto que ni siquiera se encuentran los planetas, a excepción del Sol y la Luna, y Venus sólo una o dos veces, bajo el nombre de Lucifer.

Diría más, si se me permite revelar todo mi pensamiento: sin duda sería más conveniente para la dignidad de los Textos Sagrados que no se tolerara que los más superficiales y los más ignaros de los escritores los comprometieran, salpicando sus escritos con citas interpretadas o más bien extraídas en sentidos alejados de la recta intención de la Escritura, sin otro fin que la ostentación de un vano ornamento.

«Debemos tener por indudable que todo lo que los sabios de este mundo pueden demostrar con documentos veraces sobre la naturaleza de las cosas, en nada se opone a los libros divinos. Y también que todo lo que en cualquiera de sus escritos presenten ellos contrario a nuestros divinos libros, es decir, a la fe católica, o les demostramos con argumentos firmes que es falso, o sin duda alguna creeremos que no es verdadero. Así pues, nos quedamos con nuestro Mediador, en el cual están encerrados todos los tesoros de la sabiduría Y de la ciencia, para no ser engañados por la locuacidad de la errónea filosofía, ni atemorizados por la superstición de la falsa religión» (Del Génesis a la letra, lib. I, cap. XX).

Se afirma, es cierto, que las proposiciones naturales que a la Escritura presenta siempre del mismo modo, y que son interpretadas concordantemente por los Padres siempre en el mismo sentido, han de entenderse según el sentido directo de las palabras, sin glosa ni interpretación, y que, por tanto, se las debería aceptar y tener por totalmente veraces. La movilidad del Sol y la estabilidad de la Tierra serían, según eso, de Fe, debiéndose tener a esta afirmación por verdadera y considerar errónea la opinión contraria.

«Pero alguno dirá en qué forma no se opone a los que atribuyen al cielo la figura de esfera, lo que está escrito en nuestros libros divinos: Tú que extiendes el cielo como una piel (Ps. 103, 2). Ciertamente será contrario si es falso lo que ellos dicen, pues lo que dice la divina autoridad más bien es verdadero que aquello que conjetura la fragilidad humana. Pero si ellos lo pudieran probar con tales argumentos que no deba dudarse, debemos demostrarles nosotros que aquello que se dijo en los libros divinos sobre la piel, no es opuesto a sus verdaderos raciocinios; de lo contrario, también será opuesto a ellos lo que en otro lugar de nuestro escrito se lee, donde dice que el cielo está suspendido como una bóveda (Isaías, cap. 40, v. 22, sec. LXX)» (Del Génesis a la letra, lib. II, cap. IX).

De este texto y de varios otros creo que se sigue, si no me equivoco, que según los santos Padres, en las cuestiones naturales y que no son de Fe, es menester ante todo que se averigüe si están demostradas de manera indudable o sobre la base de experiencias, conocidas con exactitud, o bien si es posible que de ellas se tenga un conocimiento y demostración semejantes: así, entonces, una vez obtenido este conocimiento, que constituye también un don de Dios, hay que aplicarse a buscar el sentido exacto de las Sagradas Escrituras en los pasajes que en apariencia parecieran no concordar con ese saber natural. Esos pasajes habrán de ser estudiados por sabios teólogos; los que pondrán de manifiesto las razones por las cuales el Espíritu Santo los ha presentado de ese modo, ya sea para ponernos a prueba o por alguna otra razón oculta.

«Hay muchos pasajes de las Escrituras que deben interpretarse según las ideas del tiempo y no según la verdad misma de las cosas» (comentario al cap. 28 de Jeremías).

«Si al leer nos encontramos con algunos escritos, y de ellos divinos, que traten de cosas oscuras y ocultas a nuestros sentidos. Y poniendo nuestra fe a salvo, por la que nos alimentamos, podemos descubrir varias sentencias; a ninguna de ellas nos aferremos con precipitada firmeza, a fin de no caer en error; pues tal vez más tarde, escudriñada con más diligencia la verdad, caiga por su base aquella sentencia. No luchamos por la sentencia divina de la Escritura, sino por la nuestra, al querer que la nuestra sea la divina Escritura, cuando más bien debemos querer que la de la Escritura sea la nuestra» (Del Génesis a la letra , lib. I, cap. XVIII).

«Tampoco es contra la fe, mientras no se refute con evidencia clarísima. Si esto llegara a suceder, diremos que no lo afirmaba la divina Escritura, sino que lo creía la humana ignorancia» (Del Génesis a la letra, lib. I, cap. XX).

«Cuando los cristianos, para defender lo que afirmaron con ligereza inaudita y falsedad evidente, intentan por todos los medios aducir los libros divinos para probar por ellos un aserto, o citan también de memoria lo que juzgan vale para probar un testimonio, y sueltan al aire muchas palabras, no entendiendo ni lo que dicen ni a qué vienen, no puede ponderarse en un punto cuánta sea la molestia y la tristeza que causan estos temerarios y presuntuosos a los prudentes hermanos, si alguna vez han sido refutados y convencidos de su viciosa y falsa opinión por aquellos que no conceden autoridad a los libros divinos» (Lib. I, cap. XIX).

Para decir la verdad, tengo para mí que son ellos quienes se atemorizan primero y, sintiéndose incapaces de resistir a los asaltos de sus adversarios, buscan el medio de no dejarse abordar, evitando el uso del discurso que la Divina Bondad les ha concedido, y abusando de la autoridad tan justa de la Sagrada Escrilura, la cual, bien entendida y bien utilizada, jamás puede, según la opinión común de los teólogos, entrar en oposición con experiencias manifiestas y demostraciones necesarias. …. Por ello, si quisieran proceder con sinceridad, deberían, o bien llamarse a silencio y confesar que son incapaces de tratar materias tales, o bien considerar desde un principio que no es a ellos, ni a otros, a quienes corresponde declarar errónea una proposición, sino sólo al Soberano Pontífice y al sagrado Concilio; solamente de esas instancias depende la decisión que demostrará eventualmente su falsedad. Pero luego, si entienden que es imposible que una proposición sea a la vez verdadera y herética, a ellos tocará demostrar su falsedad. Y si la demostraran entonces, o bien ya no sería necesario condenarla, pues nadie correría ya el riesgo de seguirla, o bien la interdicción de esa proposición no constituiría ya motivo de escándalo para nadie. Así pues, aplíquense ellos a refutar entonces los argumentos de Copérnico y de los otros, y dejen el cuidado de condenarlos por erróneos y heréticos a quienes corresponde hacerlo. Vanos serían los esfuerzos de quienes pretenden condenar la creencia en la movilidad de la Tierra y la estabilidad del Sol, si primeramente no demuestran que esta proposición es imposible y falsa.

Cristina de Lorena (1565– 1636)

Fue la consorte del gran duque de Toscana Fernando I de Médici. Cristina, a causa de la prematura muerte de su marido en 1609, asumió la regencia en nombre de su hijo Cosme II de Médici destinado a suceder a su padre cuando cumpliese los 21 años, y de cuya educación se ocupó su madre orientada a las corrientes científico-filosóficas más modernas. Fue una mujer atraída por el saber científico, manteniendo una relación epistolar con Galileo Galilei, el cual dedicó a ella una de sus cuatro Lettere copernicane fechada en 1615, donde el científico refutaba que sus doctrinas estuviesen en contra de la Biblia.

Estas cartas de Galileo a la Gran Duquesa, contienen unas profundadas reflexiones intelectuales, incluimos unos fragmentos de la defensa de Galileo ante la Inquisición.

A la Serenísima Señora la Gran Duquesa Madre:


Hace pocos años, como bien sabe vuestra serena alteza, descubrí en los cielos muchas cosas no vistas antes de nuestra edad. La novedad de tales cosas, así como ciertas consecuencias que se seguían de ellas, en contradicción con las nociones físicas comúnmente sostenidas por filósofos académicos, lanzaron contra mí a no pocos profesores, como si yo hubiera puesto estas cosas en el cielo con mis propias manos, para turbar la naturaleza y trastornar las ciencias. Olvidando, en cierto modo, que la multiplicación de los descubrimientos concurre al progreso de la investigación, al desarrollo y a la consolidación de las ciencias, y no a su debilitamiento o destrucción. Al mostrar mayor afición por sus propias opiniones que por la verdad, pretendieron negar y desaprobar las nuevas cosas que, si se hubieran dedicado, a considerarlas con atención, habrían debido pronunciarse por su existencia. A tal fin lanzaron varios cargos y publicaron algunos escritos llenos de argumentos vanos, y cometieron el grave error de salpicarlos con pasajes tomados de las Sagradas Escrituras, que no habían entendido correctamente y que no corresponden a las cuestiones abordadas.

No puedo creer que Dios nos haya dotado de sentidos, palabra e intelecto, y haya querido, despreciando la posible utilización de éstos, darnos por otro medio las informaciones que por aquéllos podamos adquirir, de tal modo que aun en aquellas conclusiones naturales que nos vienen dadas o por la experiencia o por las oportunas demostraciones, debemos negar su significado y razón; no creo que sea necesario aceptarlas como dogma de fe, y máxime en aquellas ciencias sobre las cuales en las Escrituras tan sólo se pueden leer algunos aspectos, y aun entre sí opuestos. La astronomía constituye una de estas ciencias, de la cual sólo son tratados algunos aspectos, puesto que ni siquiera se encuentran los planetas, a excepción del Sol y la Luna, y Venus sólo una o dos veces, bajo el nombre de Lucifer.

Diría más, si se me permite revelar todo mi pensamiento: sin duda sería más conveniente para la dignidad de los Textos Sagrados que no se tolerara que los más superficiales y los más ignaros de los escritores los comprometieran, salpicando sus escritos con citas interpretadas o más bien extraídas en sentidos alejados de la recta intención de la Escritura, sin otro fin que la ostentación de un vano ornamento.

«Debemos tener por indudable que todo lo que los sabios de este mundo pueden demostrar con documentos veraces sobre la naturaleza de las cosas, en nada se opone a los libros divinos. Y también que todo lo que en cualquiera de sus escritos presenten ellos contrario a nuestros divinos libros, es decir, a la fe católica, o les demostramos con argumentos firmes que es falso, o sin duda alguna creeremos que no es verdadero. Así pues, nos quedamos con nuestro Mediador, en el cual están encerrados todos los tesoros de la sabiduría Y de la ciencia, para no ser engañados por la locuacidad de la errónea filosofía, ni atemorizados por la superstición de la falsa religión» (Del Génesis a la letra, lib. I, cap. XX).

Se afirma, es cierto, que las proposiciones naturales que a la Escritura presenta siempre del mismo modo, y que son interpretadas concordantemente por los Padres siempre en el mismo sentido, han de entenderse según el sentido directo de las palabras, sin glosa ni interpretación, y que, por tanto, se las debería aceptar y tener por totalmente veraces. La movilidad del Sol y la estabilidad de la Tierra serían, según eso, de Fe, debiéndose tener a esta afirmación por verdadera y considerar errónea la opinión contraria.

«Pero alguno dirá en qué forma no se opone a los que atribuyen al cielo la figura de esfera, lo que está escrito en nuestros libros divinos: Tú que extiendes el cielo como una piel (Ps. 103, 2). Ciertamente será contrario si es falso lo que ellos dicen, pues lo que dice la divina autoridad más bien es verdadero que aquello que conjetura la fragilidad humana. Pero si ellos lo pudieran probar con tales argumentos que no deba dudarse, debemos demostrarles nosotros que aquello que se dijo en los libros divinos sobre la piel, no es opuesto a sus verdaderos raciocinios; de lo contrario, también será opuesto a ellos lo que en otro lugar de nuestro escrito se lee, donde dice que el cielo está suspendido como una bóveda (Isaías, cap. 40, v. 22, sec. LXX)» (Del Génesis a la letra, lib. II, cap. IX).

De este texto y de varios otros creo que se sigue, si no me equivoco, que según los santos Padres, en las cuestiones naturales y que no son de Fe, es menester ante todo que se averigüe si están demostradas de manera indudable o sobre la base de experiencias, conocidas con exactitud, o bien si es posible que de ellas se tenga un conocimiento y demostración semejantes: así, entonces, una vez obtenido este conocimiento, que constituye también un don de Dios, hay que aplicarse a buscar el sentido exacto de las Sagradas Escrituras en los pasajes que en apariencia parecieran no concordar con ese saber natural. Esos pasajes habrán de ser estudiados por sabios teólogos; los que pondrán de manifiesto las razones por las cuales el Espíritu Santo los ha presentado de ese modo, ya sea para ponernos a prueba o por alguna otra razón oculta.

«Hay muchos pasajes de las Escrituras que deben interpretarse según las ideas del tiempo y no según la verdad misma de las cosas» (comentario al cap. 28 de Jeremías).

«Si al leer nos encontramos con algunos escritos, y de ellos divinos, que traten de cosas oscuras y ocultas a nuestros sentidos. Y poniendo nuestra fe a salvo, por la que nos alimentamos, podemos descubrir varias sentencias; a ninguna de ellas nos aferremos con precipitada firmeza, a fin de no caer en error; pues tal vez más tarde, escudriñada con más diligencia la verdad, caiga por su base aquella sentencia. No luchamos por la sentencia divina de la Escritura, sino por la nuestra, al querer que la nuestra sea la divina Escritura, cuando más bien debemos querer que la de la Escritura sea la nuestra» (Del Génesis a la letra , lib. I, cap. XVIII).

«Tampoco es contra la fe, mientras no se refute con evidencia clarísima. Si esto llegara a suceder, diremos que no lo afirmaba la divina Escritura, sino que lo creía la humana ignorancia» (Del Génesis a la letra, lib. I, cap. XX).

«Cuando los cristianos, para defender lo que afirmaron con ligereza inaudita y falsedad evidente, intentan por todos los medios aducir los libros divinos para probar por ellos un aserto, o citan también de memoria lo que juzgan vale para probar un testimonio, y sueltan al aire muchas palabras, no entendiendo ni lo que dicen ni a qué vienen, no puede ponderarse en un punto cuánta sea la molestia y la tristeza que causan estos temerarios y presuntuosos a los prudentes hermanos, si alguna vez han sido refutados y convencidos de su viciosa y falsa opinión por aquellos que no conceden autoridad a los libros divinos» (Lib. I, cap. XIX).

Para decir la verdad, tengo para mí que son ellos quienes se atemorizan primero y, sintiéndose incapaces de resistir a los asaltos de sus adversarios, buscan el medio de no dejarse abordar, evitando el uso del discurso que la Divina Bondad les ha concedido, y abusando de la autoridad tan justa de la Sagrada Escrilura, la cual, bien entendida y bien utilizada, jamás puede, según la opinión común de los teólogos, entrar en oposición con experiencias manifiestas y demostraciones necesarias. …. Por ello, si quisieran proceder con sinceridad, deberían, o bien llamarse a silencio y confesar que son incapaces de tratar materias tales, o bien considerar desde un principio que no es a ellos, ni a otros, a quienes corresponde declarar errónea una proposición, sino sólo al Soberano Pontífice y al sagrado Concilio; solamente de esas instancias depende la decisión que demostrará eventualmente su falsedad. Pero luego, si entienden que es imposible que una proposición sea a la vez verdadera y herética, a ellos tocará demostrar su falsedad. Y si la demostraran entonces, o bien ya no sería necesario condenarla, pues nadie correría ya el riesgo de seguirla, o bien la interdicción de esa proposición no constituiría ya motivo de escándalo para nadie. Así pues, aplíquense ellos a refutar entonces los argumentos de Copérnico y de los otros, y dejen el cuidado de condenarlos por erróneos y heréticos a quienes corresponde hacerlo. Vanos serían los esfuerzos de quienes pretenden condenar la creencia en la movilidad de la Tierra y la estabilidad del Sol, si primeramente no demuestran que esta proposición es imposible y falsa.