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09 noviembre 2010

NUEVAS PROVINCIAS QUE EL INCA CONQUISTO, Y LA CONSTRUCCIÓN DE ACEQUIAS PARA REGAR LOS PASTOS



El Inca Páhuac Mayta y sus tíos, habiendo dado fin a su jornada y dejado los gobernadores y ministros necesarios para instruir los nuevos vasallos, se volvieron al Cozco, donde fueron recibidos del Inca con muchas fiestas y grandes favores y mercedes, cuales convenían a tan gran conquista como la que hicieron, con la cual acrecentó el Inca Viracocha su imperio hasta los términos posibles, porque al Oriente llegaba hasta el pie de la gran Cordillera y Sierra Nevada, y al Poniente hasta la mar, y al Mediodía hasta la última provincia de los chancas, más de doscientas leguas de la ciudad; y por estas tres partes ya no había qué conquistar, porque por la una parte le atajaba la mar, y por la otra las nieves y grandes montañas de los Antis; y al Sur le atajaban los desiertos que hay entre el Perú y el reino de Chili. Mas con todo esto, como el reinar sea insaciable, le nacieron nuevos cuidados de la parte de Chinchasuyu, que es al Norte; deseó aumentar su imperio lo que pudiese por aquella banda; y habiéndolo comunicado con los de su consejo, mandó levantar treinta mil hombres de guerra, y eligió seis Incas de los más experimentados que fuesen con él.

Proveído de todo lo necesario, salió con su ejército por el camino de Chinchasuyu, dejando por gobernador de la ciudad a su hermano el Inca Páhuac Mayta. Llegó a la provincia Antahuylla, que es de la nación Chaca; la cual, por la traición que hicieron al Inca Yáhuar Huácac al rebelarse contra él, fue llamada traidora por sobrenombre; y dura este apellido entre los indios hasta hoy, que jamás dicen Chanca que no añaden Auca, que quiere decir traidor. También significa tirano, alevoso, fementido, y todo lo demás que puede pertenecer a la tiranía y alevosía todo lo contiene este adjetivo Auca; también significa guerrear y dar batalla, porque se vea cuánto comprende el lenguaje común del Perú con una palabra sola.

Con la fiesta y regocijo que como gente afligida pudieron hacer los chacas, fue recibido el Inca Viracocha. El cual se mostró muy afable con todos ellos, y a los más principales regaló, así con palabras como con dádivas que les dio de vestido y otras presas, porque perdieron el temor del delito pasado, que como no había sido el castigo conforme a la maldad, temían si había de llegar entonces o después. El Inca, demás del común favor que a todos hizo, visitó las provincias todas; proveyó en ellas lo que le pareció convenir. Hecho esto, recogió el ejército, que estaba alojado en diversas provincias. Caminó a las que estaban por sujetar. La más cercana, llamada Huaytara, grande y muy poblada de gente rica y belicosa, y que había sido del bando de los rebelados. La cual se rindió luego que el Inca Viracocha envió sus mensajeros, mandándoles que le obedeciesen; y así salieron con mucha humildad a recibirle por señor, porque estaban escarmentados de la batalla de Yahuarpampa. El Inca los recibió con mucha afabilidad, y les mandó decir que viviesen quietos y pacíficos, que era lo que más les convenía.

De allí pasó a otra provincia llamada Pocra, por otro nombre Huamanca, y a otras que se dicen Asancaru, Parco, Picuy y Acos, las cuales todas se dieron con mucha facilidad, y holgaron ser de su imperio, porque el Inca Viracocha era deseado en todas partes por las maravillas que habían hecho. Habiéndolas ganado, despidió el ejército.

Ordenó lo que al beneficio común de los vasallos convenía, y entre otras cosas que mandó hacer, fue sacar una acequia de agua de más de doce pies de hueco que corría más de ciento y veinte leguas de largo; empezaba de lo alto de las sierras que hay entre Parcu y Picuy, de unas hermosas fuentes que allí nacen, que parecen caudalosos ríos. Y corría el acequia hacia los Rucanas, servía de regar los pastos que hay por aquellas despoblados, que tienen diez y ocho leguas de travesía, y de largo toman casi todo el Perú.

Otra acequia semejante atraviesa casi todo Cuntisuyu, y corre del Sur al Norte más de ciento y cincuenta leguas por lo alto de las sierras más altas que hay en aquellas provincias, y sale a los quechuas, y sirve o servía solamente para regar los pastos cuando el otoño detenía sus aguas. Estas acequias para regar los pastos hay muchas en todo el imperio que los Incas gobernaron; es obra digna de la grandeza y gobierno de tales príncipes. Puédese igualar estas acequias a las mayores obras que en el mundo ha habido, y darles el primer lugar, consideradas las sierras altísimas por donde las llevaban, las peñas grandísimas que rompían sin instrumentos de acero, ni hierro, sino que con unas piedras quebrantaban otras a pura fuerza de brazos, y que no supieron hacer cimbras para sobre ellas armar arcos y puentes con que atajar las quebradas y los arroyos. Si algún arroyo hondo se le atravesaba, iban a descabezarlo hasta su nacimiento, rodeando las sierras todas que se le ofrecían por delante. Las acequias eran de diez o doce pies de hueco por la parte de la sierra a que iban arrimadas.

Rompían la misma sierra para el paso del agua, y por la parte de afuera les ponían grandes losas de piedras labradas por todas sus seis partes de vara y media, y de dos varas de largo, y más de vara de alto, las cuales iban puestas a la hila, pegadas unas a otras, y fortalecidas por la parte de afuera con grandes céspedes y mucha tierra arrimada a las losas, para que el ganado que atravesase de una parte a otra no desportillase la acequia.

La acequia que viene atravesando todo el distrito llamado Cuntisuyu, la ví en la provincia llamada Quechua, que es al fin del mismo distrito, y tiene todo lo que he dicho, y la miré con mucha atención; y cierto son obras tan grandes y admirables, que exceden a toda pintura y encarecimiento que de ellas se pueda hacer. Los españoles, como extranjeros, no han hecho caso de semejantes grandezas, ni para sustentarlas, sin para estimarlas, ni aun para haber hecho mencionarlas en sus historias; antes parece que a sabiendas o con sobra de descuido, que es lo más cierto, han permitido que se pierdan todas. Lo mismo ha sido de las acequias que los indios tenían sacadas para regar las tierras de pan, que han dejado perder las dos tercias partes que hoy y muchos años atrás no sirven ya, sino las acequias que no pueden dejar de sustentar por la necesidad que tienen de ellas. De las que se han perdido, grandes y chicas, viven todavía los rastros y señales.

Fuente: Inca Garcilaso de la Vega, Crónicas de un reino.

19 octubre 2010

El TEMPLO DEL SOL, DESCRIPCIÓN Y GRANDES RIQUEZAS.

LA DESCRIPCIÓN DEL TEMPLO DEL SOL Y SUS GRANDES RIQUEZAS

Uno de los principales ídolos que los reyes Incas y sus vasallos tuvieron, fue la imperial ciudad del Cozco, que la adoraban los indios como a cosa sagrada, por haberla fundado el primer Inca Manco Cápac, y por las innumerables victorias que ella tuvo en las conquistas que hizo, y porque era casa y corte de los Incas sus dioses. De tal manera era su adoración, que aun en cosas muy menudas la demostraban; que si dos indios de igual condición se topaban en los caminos, el uno que fuese del Cozco y el otro que viniese a él, el que iba era respetado y acatado del que venía, como superior del inferior, sólo por haber estado e ir de la ciudad, cuanto más si era vecino della, y mucho más si era natural.

Lo mismo era en las semillas y legumbres, o cualquiera otra cosa que llevasen del Cozco a otras partes; que aunque en la calidad no se aventajase, sólo por ser de aquella ciudad era más estimada que las de otras regiones y provincias. De aquí se sacará lo que habría en cosas mayores. Por tenerla en esta veneración la ennoblecieron aquellos reyes lo más que pudieron con edificios suntuosos y casas reales, que muchos dellos hicieron para sí, como en la descripción della diremos que algunas de las casas; entre las cuales, y en la que más se esmeraron, fue la Casa y Templo del Sol, que la adornaron de increíbles las grandezas de aquella casa, que no me atreviera yo a escribirlas si no las hubieran escrito todos los españoles historiadores del Perú; ni lo que ellos dicen, ni lo que yo diré, alcanza a significar las que fueron.

Atribuyen el edificio de aquel templo al rey Inca Yupanqui, abuelo de Huayna Cápac, no porque él lo fundase, que desde el primer Inca quedó fundado, sino porque lo acabó de ordenar y poner en la riqueza y majestad que los españoles lo hallaron.

Viniendo, pues, a la traza del templo, es de saber que el aposento del Sol era lo que agora es la iglesia del divino Santo Domingo, que por no tener la precisa anchura y largura suya, no la pongo aquí; la piedra, en cuanto su tamaño, vive hoy. Es labrada de cantería llana, muy prima y pulida.

El altar mayor (digámoslo así para darnos a entender, aunque aquellos indios no supiesen hacer altar) estaba al Oriente. La techumbre era de madera muy alta, porque tuviese mucha corriente; la cubija fue de paja, porque no alcanzaron a hacer teja. Todas las cuatro paredes del templo estaban cubiertas de arriba abajo de planchas y tablones de oro. En el testero, que llamamos altar mayor, tenían puesta la figura del Sol, hecha de una plancha de oro, al doble más gruesa que las otras planchas que cubrían las paredes. La figura estaba hecha con su rostro en redondo, y con sus rayos y llamas de fuego, todo de una pieza, ni más ni menos que la pintan los pintores. Era tan grande, que tomaba todo el testero del templo de pared a pared. No tuvieron los Incas otros ídolos suyos ni ajenos con la imagen del Sol en aquel templo ni otro alguno, porque no adoraban otros sino al Sol, aunque no falta quien diga lo contrario.

Esta figura del Sol cupo en suerte, cuando los españoles entraron en aquella ciudad, a un hombre noble, conquistador de los primeros, llamado Mancio Sierra de Leguizamón, que yo conocí y dejé vivo cuando me vine a España, gran jugador de todos los juegos, que con ser tan grande la imagen la jugó y perdió en una noche. De donde podremos decir, siguiendo al padre M. Acosta, que nació el refrán que dice: "Juega el sol antes que amanezca". Después el tiempo adelante, viendo el cabildo de aquella ciudad cuán perdido andaba este su hijo por el juego, por apartarlo de él lo eligió un año por alcalde ordinario. El cual acudió al servicio de su patria con tanto cuidado y diligencia (porque tenía muy buenas partes de caballero), que todo aquel año no tomó naipe en la mano. La ciudad, viendo esto, le ocupó otro año, y otros muchos en oficios públicos. Mancio Sierra, con la ocupación ordinaria, olvidó el juego, y lo aborreció para siempre, acordándose de los muchos trabajos y necesidades en que cada día se ponía. Donde se ve claro cuánto ayude la ociosidad al vicio, y cuán de provecho sea la ocupación a la virtud.

Volviendo a nuestra historia, decimos que por sola aquella pieza que cupo de parte de un español, se podrá sacar el tesoro que en aquella ciudad y su templo hallaron los españoles. A un lado y a otro de la imagen del Sol estaban los cuerpos de los reyes muertos puestos por su antigüedad como hijos de ese Sol, embalsamados que (no se sabe cómo) parecían estar vivos; estaban sentados en sus sillas de oro, puestas sobre los tablones de oro en que solían sentarse. Tenían los rostros hacia el pueblo; sólo Huayna Cápac se aventajaba de los de más, que estaba puesto delante de la figura del Sol, vuelto el rostro hacia él, como hijo más querido y amado, por haberse aventajado de los demás; pues mereció que en vida le adorasen por dios por las virtudes y ornamentos reales que mostró desde muy mozo.

Estos cuerpos escondieron los indios con los demás tesoros, que los más de ellos no han parecido hasta hoy. El año 1559, el licenciado Polo descubrió cinco, tres de reyes y dos de reinas. La puerta principal del templo miraba al Norte, como hoy está, sin la cual había otras menores para servicio del templo.

Todas éstas estaban forradas con planchas de oro en forma de portada. Por fuera del templo, por lo alto de las paredes del templo, corría una cenefa de oro de un tablón de más de una vara en ancho en forma de corona que abrazaba todo el templo.

Fuente: Inca Garcilaso de la Vega, Crónicas de un reino.