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20 diciembre 2010

LA DESTRUCCIÓN DE LAS INDIAS EN LA TIERRA FIRME CARTA DE BARTOLOMÉ DE LAS CASAS A FELIPE II.


DE LA TIERRA FIRME

El año de mil e quinientos e catorce pasó a la tierra firme un infelice gobernador, crudelísimo tirano, sin alguna piedad ni aun prudencia, como un instrumento del furor divino, muy de propósito para poblar en aquella tierra con mucha gente de españoles. Y aunque algunos tiranos habían ido a la tierra firme e habían robado y matado y escandalizado mucha gente, pero había sido a la costa de la mar, salteando y robando lo que podían; mas éste excedió a todos los otros que antes dél habían ido, y a los de todas las islas, e sus hechos nefarios a todas las abominaciones pasadas, no sólo a la costa de la mar, pero grandes tierras y reinos despobló y mató, echando inmensas gentes que en ellos había a los infiernos. Éste despobló desde muchas leguas arriba del Darién hasta el reino e provincias de Nicaragua, inclusive, que son más de quinientas leguas y la mejor y más felice e poblada tierra que se cree haber en el mundo. Donde había muy muchos grandes señores, infinitas y grandes poblaciones, grandísimas riquezas de oro; porque hasta aquel tiempo en ninguna parte había perecido sobre tierra tanto; porque aunque de la isla Española se había henchido casi España de oro, e de más fino oro, pero había sido sacado con los indios de las entrañas de la tierra, de las minas dichas, donde, como se dijo, murieron.

Este gobernador y su gente inventó nuevas maneras de crueldades y de dar tormentos a los indios, porque descubriesen y les diesen oro. Capitán hubo suyo que en una entrada que hizo por mandado dél para robar y extirpar gentes, mató sobre cuarenta mil ánimas, que vido por sus ojos un religioso de Sanct Francisco, que con él iba, que se llamaba fray Francisco de San Román, metiéndolos a espada, quemándolos vivos, y echándolos a perros bravos, y atormentándolos con diversos tormentos.

Y porque la ceguedad perniciosísima que siempre han tenido hasta hoy los que han regido las Indias en disponer y ordenar la conversión y salvación de aquellas gentes, la cual siempre han pospuesto (con verdad se dice esto) en la obra y efecto, puesto que por palabra hayan mostrado y colorado o disimulado otra cosa, ha llegado a tanta profundidad que haya imaginado e practicado e mandado que se le hagan a los indios requerimientos que vengan a la fee, a dar la obediencia a los reyes de Castilla, si no, que les harán guerra a fuego y a sangre, e los matarán y captivarán, etc. Como si el hijo de Dios, que murió por cada uno dellos, hobiera en su ley mandado cuando dijo: Euntes docete omnes gentes, que se hiciesen requerimientos a los infieles pacíficos e quietos e que tienen sus tierras propias, e si no la recibiesen luego, sin otra predicación y doctrina, e si no se diesen a sí mesmos al señorío del rey que nunca oyeron ni vieron, especialmente cuya gente y mensajeros son tan crueles, tan desapiadados e tan horribles tiranos, perdiesen por el mesmo caso la hacienda y las tierras, la libertad, las mujeres y hijos con todas sus vidas, que es cosa absurda y estulta e digna de todo vituperio y escarnio e infierno.

Así que, como llevase aquel triste y malaventurado gobernador instrucción que hiciese los dichos requerimientos, para más justificarlos, siendo ellos de sí mesmos absurdos, irracionables e injustísimos, mandaba, o los ladrones que enviaba lo hacían cuando acordaban de ir a saltear e robar algún pueblo de que tenían noticia tener oro, estando los indios en sus pueblos e casas seguros, íbanse de noche los tristes españoles salteadores hasta media legua del pueblo, e allí aquella noche entre sí mesmos apregonaban o leían el dicho requerimiento, deciendo: “Caciques e indios desta tierra firme de tal pueblo, hacemos os saber que hay un Dios y un Papa y un rey de Castilla que es señor de estas tierras; venid luego a le dar la obediencia, etc. Y si no, sabed que os haremos guerra, e mataremos e captivaremos, etc.” Y al cuarto del alba, estando los inocentes durmiendo con sus mujeres e hijos, daban en el pueblo, poniendo fuego a las casas, que comúnmente eran de paja, e quemaban vivos los niños e mujeres y muchos de los demás, antes que acordasen; mataban los que querían, e los que tomaban a vida mataban a tormentos porque dijesen de otros pueblos de oro, o de más oro de lo que allí hallaban, e los que restaban herrábanlos por esclavos; iban después, acabado o apagado el fuego, a buscar el oro que había en las casas. Desta manera y en estas obras se ocupó aquel hombre perdido, con todos los malos cristianos que llevó, desde el año de catorce hasta el año de veinte y uno o veinte y dos, enviando en aquellas entradas cinco e seis y más criados, por los cuales le daban tantas partes (allende de la que le cabía por capitán general) de todo el oro y perlas e joyas que robaban e de los esclavos que hacían. Lo mesmo hacían los oficiales del rey, enviando cada uno los más mozos o criados que podía, y el obispo primero de aquel reino enviaba también sus criados, por tener su parte en aquella granjería. Más oro robaron en aquel tiempo que aquel reino (a lo que yo puedo juzgar), de un millón de castellanos, y creo que me acorto, e no se hallará que enviaron al rey sino tres mil castellanos de todo aquello robado; y más gentes destruyeron de ochocientas mil ánimas. Los otros tiranos gobernadores que allí sucedieron hasta el año de treinta y tres, mataron e consintieron matar, con la tiránica servidumbre que a las guerras sucedió los que restaban.

Entre infinitas maldades que éste hizo e consintió hacer el tiempo que gobernó fué que, dándole un cacique o señor, de su voluntad o por miedo (como más es verdad), nueve mil castellanos, no contentos con esto prendieron al dicho señor e átanlo a un palo sentado en el suelo, y extendidos los pies pónenle fuego a ellos porque diese más oro, y él envió a su casa e trajeron otros tres mil castellanos; tórnanle a dar tormentos, y él, no dando más oro porque no lo tenía, o porque no lo quería dar, tuviéronle de aquella manera hasta que los tuétanos le saltaron por las plantas e así murió. Y destos fueron infinitas veces las que a señores mataron y atormentaron por sacarles oro.

Otra vez, yendo a saltear cierta capitanía de españoles, llegaron a un monte donde estaba recogida y escondida, por huir de tan pestilenciales e horribles obras de los cristianos, mucha gente, y dando de súbito sobre ella tomaron setenta o ochenta doncellas e mujeres, muertos muchos que pudieron matar. Otro día juntáronse muchos indios e iban tras los cristianos peleando por el ansia de sus mujeres e hijas; e viéndose los cristianos apretados, no quisieron soltar la cabalgada, sino meten las espadas por las barrigas de las muchachas e mujeres y no dejaron, de todas ochenta, una viva. Los indios, que se les rasgaban las entrañas del dolor, daban gritos y decían: “¡Oh, malos hombres, crueles cristianos!, ¿a las iras matáis?” Ira llaman en aquella tierra a las mujeres, cuasi diciendo: matar las mujeres señal es de abominables e crueles hombres bestiales.

A diez o quince leguas de Panamá estaba un gran señor que se llamaba Paris, e muy rico en oro; fueron allá los cristianos e rescibiólos como si fueran hermanos suyos e presentó al capitán cincuenta mil castellanos de su voluntad. El capitán y los cristianos parescióles que quien daba aquella cantidad de su gracia que debía tener mucho tesoro (que era el fin e consuelo de sus trabajos); disimularon e dicen que quieren partir; e tornan al cuarto de alba e dan sobre seguro en el pueblo, quémanlo con fuego que pusieron, mataron y quemaron mucha gente, e robaron cincuenta o sesenta mil castellanos otros; y el cacique o señor escapóse, que no le mataron o prendieron. Juntó presto la más gente que pudo e a cabo de dos o tres días alcanzó los cristianos que llevaban sus ciento y treinta o cuarenta mil castellanos, e da en ellos varonilmente, e mata cincuenta cristianos, e tómales todo el oro, escapándose los otros huyendo e bien heridos. Después tornan muchos cristianos sobre el dicho cacique y asoláronlo a él y a infinita de su gente, e los demás pusieron e mataron en la ordinaria servidumbre. Por manera que no hay hoy vestigio ni señal de que haya habido allí pueblo ni hombre nacido, teniendo treinta leguas llenas de gente de señorío. Destas no tienen cuento las matanzas y perdiciones que aquel mísero hombre con su compañía en aquellos reinos (que despobló) hizo.


Fuente: Bartolomé de las Casas, Obispo de Chiapas.

12 diciembre 2010

De los abusos en la conquista de Cuba


DE LA ISLA DE CUBA

El año de mil e quinientos y once pasaron a 1a isla de Cuba, que es como dije tan luenga como de Valladolid a Roma (donde había grandes provincias de gentes), comenzaron y acabaron de las maneras susodichas e mucho más y más cruelmente. Aquí acaescieron cosas muy señaladas. Un cacique e señor muy principal, que por nombre tenia Hatuey, que se había pasado de la isla Española a Cuba con mucha gente por huir de las calamidades e inhumanas obras de los cristianos, y estando en aquella isla de Cuba, e dándole nuevas ciertos indios, que pasaban a ella los cristianos, ayuntó mucha de toda su gente e díjoles: “Ya sabéis cómo se dice que los cristianos pasan acá, e tenéis experiencia cuáles han parado a los señores fulano y fulano y fulano; y aquellas gentes de Haití (que es la Española) lo mesmo vienen a hacer acá. ¿Sabéis quizá por qué lo hacen?” Dijeron: “No; sino porque son de su natura crueles e malos.” Dice él: “No lo hacen por sólo eso, sino porque tienen un dios a quien ellos adoran e quieren mucho y por haberlo de nosotros para lo adorar, nos trabajan de sojuzgar e nos matan.” Tenía cabe sí una cestilla llena de oro en joyas y dijo: “Veis aquí el dios de los cristianos; hagámosle si os parece areítos (que son bailes y danzas) e quizá le agradaremos y les mandará que no nos hagan mal.” Dijeron todos a voces: “¡Bien es, bien es!” Bailáronle delante hasta que todos se cansaron. Y después dice el señor Hatuey: “Mira, como quiera que sea, si lo guardamos, para sacárnoslo, al fin nos han de matar; echémoslo en este río.” Todos votaron que así se hiciese, e así lo echaron en un río grande que allí estaba.

Este cacique y señor anduvo siempre huyendo de los cristianos desque llegaron a aquella isla de Cuba, como quien los conoscía, e defendíase cuando los topaba, y al fin lo prendieron. Y sólo porque huía de gente tan inicua e cruel y se defendía de quien lo quería matar e oprimir hasta la muerte a sí e toda su gente y generación, lo hubieron vivo de quemar. Atado a un palo decíale un religioso de San Francisco, sancto varón que allí estaba, algunas cosas de Dios y de nuestra fee, (el cual nunca las había jamás oído), lo que podía bastar aquel poquillo tiempo que los verdugos le daban, y que si quería creer aquello que le decía iría al cielo, donde había gloria y eterno descanso, e si no, que había de ir al infierno a padecer perpetuos tormentos y penas. Él, pensando un poco, preguntó al religioso si iban cristianos al cielo. El religioso le respondió que sí, pero que iban los que eran buenos. Dijo luego el cacique, sin más pensar, que no quería él ir allá, sino al infierno, por no estar donde estuviesen y por no ver tan cruel gente. Esta es la fama y honra que Dios e nuestra fee ha ganado con los cristianos que han ido a las Indias.

Una vez, saliéndonos a recebir con mantenimientos y regalos diez leguas de un gran pueblo, y llegados allá, nos dieron gran cantidad de pescado y pan y comida con todo lo que más pudieron; súbitamente se les revistió el diablo a los cristianos e meten a cuchillo en mi presencia (sin motivo ni causa que tuviesen) más de tres mil ánimas que estaban sentados delante de nosotros, hombres y mujeres e niños. Allí vide tan grandes crueldades que nunca los vivos tal vieron ni pensaron ver.

Otra vez, desde a pocos días, envié yo mensajeros, asegurando que no temiesen, a todos los señores de la provincia de la Habana, porque tenían por oídas de mi crédito, que no se ausentasen, sino que nos saliesen a recibir, que no se les haría mal ninguno (porque de las matanzas pasadas estaba toda la tierra asombrada), y esto hice con parecer del capitán; e llegados a la provincia saliéronnos a recebir veinte e un señores y caciques, e luego los prendió el capitán, quebrantando el seguro que yo les había dado, e los quería quemar vivos otro día diciendo que era bien, porque aquellos señores algún tiempo habían de hacer algún mal. Vídeme en muy gran trabajo quitarlos de la hoguera, pero al fin se escaparon.

Después de que todos los indios de la tierra desta isla fueron puestos en la servidumbre e calamidad de los de la Española, viéndose morir y perecer sin remedio, todos comenzaron a huir a los montes; otros, a ahorcarse de desesperados, y ahorcábanse maridos e mujeres, e consigo ahorcaban los hijos; y por las crueldades de un español muy tirano (que yo conocí) se ahorcaron más de doscientos indios. Pereció desta manera infinita gente.

Oficial del rey hobo en esta isla que le dieron de repartimiento trescientos indios e a cabo de tres meses había muerto en los trabajos de las minas los docientos e setenta, que no le quedaron de todos sino treinta, que fue el diezmo. Después le dieron otros tantos y más, e también los mató, e dábanle más y más mataba, hasta que se murió y el diablo le llevó el alma.

En tres o cuatro meses, estando yo presente, murieron de hambre, por llevarles los padres y las madres a las minas, más de siete mil niños. Otras cosas vide espantables.

Después acordaron de ir a montear los indios que estaban por los montes, donde hicieron estragos admirables, e así asolaron e despoblaron toda aquella isla, la cual vimos agora poco ha y es una gran lástima e compasión verla yermada y hecha toda una soledad.

Fuente : Bartolome de las Casas, Sivgo XVI

28 noviembre 2010

LAS RIQUEZAS DE PERÚ PREHISPANICO



En todas las casas reales tenían hechos jardines y huertos donde el Inca se recreaba. Plantaban en ellos todos los árboles hermosos y vistosos, posturas de flores y plantas olorosas y hermosas que en el reino había; a cuya semejanza contrahacían de oro y plata muchos árboles y otras matas menores al natural, con sus hojas, flores y frutas; unas que empezaban a brotar, otras a medio sazonar, otras del todo perfeccionadas en su tamaño.

Entre éstas y otras grandezas hacían maizales contrahechos al natural, con sus hojas, mazorca y caña, con sus raíces y flor, y los cabellos que hecha la mazorca eran de oro, y todo lo demás de plata, soldado lo uno con lo otro. Y la misma diferencia hacían en las demás plantas, que la flor o cualquiera otra cosa que amarilleaba la contrahacían de oro, y lo demás de plata.

También había animales chicos y grandes contrahechos y vaciados de oro y plata, como eran conejos, ratones, lagartijas, culebras, mariposas, zorras, gatos monteses, que domésticos no los tuvieron. Había pájaros de todas suertes, unos puestos por los árboles, como que cantaban; otros como que estaban volando y chupando la miel de las flores. Había venados y gamos, leones y tigres, y todos los demás animales y aves que en la tierra se criaban, cada cosa puesta en su lugar como mejor contrahiciese a lo natural.

En muchas casas o en todas tenían baños con grandes tinajones de oro y plata, en que se lavaban, y caños de plata y oro, por los cuales venía el agua a los tinajones. Y donde había fuentes de agua caliente natural, también tenían baños hechos de gran majestad y riqueza. Entre otras grandezas tenían montones y rimeros de rajas de leña, contrahechos al natural de oro y plata, como que estuvieron de depósitos para gastar en el servicio de las casas.

Luego que los indios vieron los españoles deseosos de oro y plata; ocultaron la mayor parte de estas riquezas, y de tal manera la escondieron, que nunca más ha aparecido, ni se espera que aparezca, porque se entiende que los indios que hoy viven no saben los sitios do quedaron aquellos tesoros, ya que sus padres y abuelos no quisieron dejarles noticias de ellos porque las cosas que habían sido dedicadas para el servicio de sus reyes no querían que sirviesen a otros.

Fuente: Inca Garcilaso de la Vega, Crónicas de un reino

26 noviembre 2010

LA FÁBRICA Y ORNAMENTO DE LAS CASAS REALES DE LOS INCAS





El servicio y ornamento de las casas reales de los Incas, reyes que fueron del Perú, no era de menos grandeza, riqueza y majestad que todas las demás cosas magníficas que para su servicio tenían; antes parece que en algunas, como se podrá notar, excedieron a todas las casas de los reyes y emperadores que hasta hoy se sabe que hayan sido en el mundo. Cuanto a lo primero, los edificios de sus casas, templos, jardines y baños, fueron en extremo pulidos, de cantería maravillosamente labrada, tan ajustadas las piedras unas con otras, que no admitían mezcla; y aunque es verdad que se la echaban, era de un barro colorado (que en su lengua llaman Lancac Allpa, pues es barro pegajoso), hecho leche, del cual barro no quedaba señal ninguna entre las piedras; por lo cual dicen los españoles que labraban sin mezcla. Otros dicen que echaban cal, y engáñanse; porque los indios del Perú no supieron hacer cal ni yeso, teja ni ladrillo.

En muchas casas reales y templos del Sol echaron plomo derretido, y plata, y oro por mezcla. Pedro de Cieza, capítulo noventa y cuatro, lo dice también, que huelgo alegar los historiadores españoles para mi abono. Echábanlo para mayor majestad, lo cual fue la principal causa de la total destrucción de aquellos edificios; porque por haber hallado estos metales en algunos de ellos, los han derribado todos buscando oro y plata, que los edificios eran de suyo tan bien labrados de tan buena piedra, que duraran muchos siglos si los dejaran vivir. Pedro de Cieza, capítulo cuarenta y dos, sesenta y noventa y cuatro, dice lo mismo de los edificios, que duraran mucho si no los derribaran. Con planchas de oro chaparon los templos del Sol y los aposentos reales, donde quiera que los había; pusieron muchas figuras de hombres y mujeres, y de aves del aire y del agua, y de animales bravos, como tigres, osos, leones, zorras, perros y gatos cervales, venados, huanacus y vicuñas y de las ovejas domésticas, todo de oro y plata vaciado al natural en su figura y tamaño, y los ponían por las paredes, en los vacíos y concavidades, que yendo labrándolos dejaban para aquel afecto. Pedro de Cieza, capítulo cuarenta y cuatro, lo dice largamente.

Contrahacían yerbas y plantas de las que nacen por los muros, y las ponían por las paredes que parecía haberse nacido en ellas. Sembraban las paredes de lagartijas y mariposas, ratones y culebras grandes y chicas, que parecían andar subiendo y bajando por ellas. El Inca se sentaba de ordinario en un asiento de oro macizo que llaman Tiana. Era de una tercia en alto, sin braceras ni espaldar, con algún cóncavo para el asiento. Poníanló sobre un gran tablón cuadrado de oro. Las vasijas de todo el servicio de la casa, así de la mesa como de la botillería y cocina, chicas y grandes, todas eran de oro y plata, y las había en cada casa de depósito para cuando el rey caminase, que no las llevaban de unas partes a otras, sino que cada casa de las del Inca, así las que había por los caminos reales como las que había por las provincias, todas tenían lo necesario para cuando el Inca llegare a ellas, caminando con su ejército o visitando sus reinos. Había también en estas casas reales muchos graneros y horones, que los indios llaman Pirua, hechos de oro y plata, no para encerrar grano, sino para grandeza y majestad de la casa y del señor.

Juntamente tenían mucha ropa de cama y de vestir siempre nueva, porque el Inca no se ponía un vestido dos veces, que luego lo daba a sus parientes. La ropa de la cama toda era de mantas y frezadas de lana de vicuña, que es tan fina y tan regalada, que entre otras cosas preciadas de aquella tierra, se la han traído para la cama del rey don Felipe segundo. Echábanlas debajo y encima.

No supieron o no quisieron la invención de los colchones; y puédese afirmar que no la quisieron, pues con haberlos visto en las camas de los españoles, nunca los han querido admitir en las suyas, por parecerles demasiado regalo y curiosidad para la vida natural que ellos profesaban.

Tapices por las paredes no los usaban, porque, como se ha dicho, las tapizaban con oro y plata. La comida era abundantísima, porque se aderezaba para todos los Incas parientes que quisiesen ir a comer con el rey, y para los criados de la casa real, que eran muchos. La hora de la comida principal de los Incas y de toda la gente común era por la mañana, de las ocho a las nueve; a la noche cenaban con luz del día livianamente, y no hacían más comidas que estas dos. Fueron generalmente malos comedores; quiero decir de poco comer; en el beber fueron más viciosos; no bebían mientras comían, pero después de la comida se vengaban, porque duraba el beber hasta la noche. Esto se usaba entre los ricos, que los pobres, que era la gente común, en toda cosa tenían escasez, pero no necesidad. Acostábanse temprano y madrugaban mucho a hacer sus haciendas.

Fuente: Inca Garcilaso de la Vega, Comentarios reales

23 noviembre 2010

LOS ESTATUTOS Y EJERCICIOS DE LA VÍRGENES ESCOGIDAS, EN EL REINO DEL INCA DE PERÚ


Vivían en perpetua clausura hasta acabar la vida con guarda de perpetua virginidad; no tenían locutorio ni torno, ni otra parte alguna por donde pudiesen hablar ni ver hombres ni mujer, sino eran ellas mismas unas con otras; porque decían que las mujeres del Sol no habían de ser tan comunes que las viese nadie; y esta clausura era tan grande, que aun el propio Inca no quería gozar del privilegio que como rey podía tener de las ver y hablar, porque nadie se atreviese a pedir semejante privilegio. Sola la Coya, que es la reina y sus hijas, tenían licencia de entrar en la casa y hablar con las encerradas así mozas como viejas.

Con la reina y sus hijas enviaba el Inca a las visitar, y saber cómo estaban, y qué habían menester. Esta casa alcancé yo a ver entera de sus edificios, que sólo ella y la del Sol, que eran barrios, y otros cuatro galpones grandes que habían sido casas de los reyes Incas, respetaron los indios en su general levantamiento contra los españoles, que no las quemaron (como quemaron todo lo demás de la ciudad) porque la una había sido casa del Sol su dios, y la otra casa de sus mujeres, y las otras de sus reyes. Tenían entre otras grandezas de su edificio una calleja angosta, capaz de dos personas, la cual atravesaba toda la casa. Tenía la calleja muchos apartados a una mano y a otra, donde había oficinas de la casa, donde trabajaban las mujeres de servicio. A cada puerta de aquéllas había porteras de mucho recaudo; en el último apartado, al fin de la calleja, estaban las mujeres del Sol, donde no entraba nadie. Tenía la casa su puerta principal, como las que acá llaman puerta reglar, la cual no se abría sino para la reina y para recibir las que entraban para ser monjas.

Al principio de la calleja, que era la puerta del servicio de la casa, había veinte porteros de ordinario para llevar y traer hasta la segunda puerta lo que en la casa hubiese de entrar y salir. Los porteros no podían pasar de la segunda puerta, so pena de la vida, aunque se lo mandasen de allá dentro, ni nadie lo podía mandar so la misma pena.

Tenían para servicio de las monjas y de la casa quinientas mozas, las cuales también habían de ser doncellas hijas de los Incas del privilegio que el primer Inca dio a los que redujo a su servicio, no de los de la casa real, porque no entraban para mujeres del Sol sino para criadas. No querían que fuesen hijas de alienígenas, sino hijas de Incas, aunque de privilegio. Las cuales mozas también tenían sus mamacunas de la misma casta, y doncellas que les ordenaban lo que debían hacer. Y estas mamacunas no eran sino las que envejecían en la casa, que llegadas a tal edad les daban el nombre y la administración, como diciéndoles: ya podéis ser madres y gobernar la casa.

En el repartimiento que los españoles hicieron para sus moradas de las casas reales de la ciudad del Cozco cuando la ganaron, cupo la mitad de este convento a Pedro del Barco, de quien adelante haremos mención; fue la parte de las oficinas, y la otra mitad cupo al licenciado de la Gama, que yo alcancé en mi niñez; y después fue de Diego Ortiz de Guzmán, caballero natural de Sevilla, que yo conocí y dejé vivo cuando vine a España.

El principal ejercicio que las mujeres del Sol hacían era hilar y tejer y hacer todo lo que el Inca traía sobre su persona, de vestido y tocado, y también para la Coya, su mujer legítima. Labraban asimismo toda la ropa finísima que ofrecían al Sol en sacrificio; lo que el Inca traía en la cabeza era una trenza llamada Llautu, ancha como el dedo meñique de gruesa, que venía a ser casa cuadrada, que daba cuatro o cinco vueltas a la cabeza, y la borla colorada, que le tomaba de una sien a otra. El vestido era una camiseta que descendía hasta las rodillas, que llaman Uncu. Los españoles le llaman Cusma; no es del general lenguaje, sino vocablo intruso de alguna provincia particular. Traía una manta cuadrada de dos piernas en lugar de capa, que llaman Yacolla.

Hacían asimismo estas monjas para el Inca unas bolsas que son cuadradas, de una cuarta en cuadro; las traén debajo del brazo asida a una trenza muy labrada de dos dedos de ancho, puesta como tahalí del hombro izquierdo al costado derecho. A esas bolsas llaman Chuspa; servían solamente de traer la yerba llamada Cuca, que los indios comen, la cual entonces no era tan común como ahora, porque no la comía sino el Inca y sus parientes, y algunos curacas, a quien el rey, por mucho favor y merced, enviaba algunos cestos por año.

También hacían unas borlas pequeñas de dos colores, amarillo y colorado, llamado Paycha, asidas a una trenza delgada de una braza en largo, las cuales no eran para el Inca, sino para los de su sangre real; que traían sobre su cabeza, y caían las borlas sobre la sien derecha.

Fuente: Inca Garcilaso de la Vega, Crónicas de un reino

12 noviembre 2010

LOS ALIMENTOS PRECOLOMBINO Y EL ENCUENTRO CON PRODUCTOS EUROPEOS


Bartolomé de las Casas, en su Historia de la Indias, cita que los aborígenes se distinguían por "la sobriedad y templanza en el comer y en el beber y poco mantenimiento. "Su comer y beber cotidiano es como el de los Santos Padres en el yermo".


La tierra de Hispano -América producía gran cantidad de alimentos distintos a los de Europa cuando Colón descubrió las tierras americanas, y cada zona tenía su peculiaridad, el maíz "producto sobrenatural", era la base de la alimentación maya y azteca; las patatas lo eran entre los incas y la yuca en las tierras del Amazonas, junto a estos alimentos, se consumían frijoles como fuente de proteínas, con algo de caza y pescado, verduras, raíces y frutas, el aguacate introducían variedad en la monótona dieta de la población indígena precolombina.

Los conquistadores españoles, desprovistos del abastecimiento a las tropas, tuvieron que amoldarse a las comidas que obtenían de los indígenas, y cuando estos recursos no eran posibles, se convertían en cazadores-pescadores-recolectores, se dice que Pizarro llegó a se muy diestro en la pesca con ballesta. Los españoles se sorprendieron de alimentos que para ellos eran desconocidos: la patata la comparaban con el sabor a castañas, el pepino lo encontraban de muy buen sabor, a los tomates los consideraban sabrosos y refrescantes, al maíz lo calificaban de áspero para comer en panificación , y se fascinaron con la variedad de frutas. Varias crónicas atribuyen que los soldados llegaban a comerse el cuero de la guarnición de los caballos.

Estabilizada la colonización de vuelta de Europa en los viajes, se trajeron simientes y se introdujeron cultivos. Los españoles llevaron el vino y el trigo. El Inca Garcilaso de la Vega, narra como consiguieron el cultivo del trigo en Perú:

Es de saber que el primero que llevó trigo a mi patria (yo llamo así a todo el imperio que fue de los Incas) fue una señora noble, llamada María de Escobar, casada con un caballero que se decía Diego de Chaves, ambos naturales de Trujillo. A ella conocí en mi pueblo, que muchos años después que fue al Perú se fue a vivir a aquella ciudad; a él no conocí porque falleció en los Reyes.

Esta señora, digna de un gran estado, llevó el trigo al Perú, a la ciudad de Rímac. Por otro tanto adoraron los gentiles a Ceres por diosa, y desta matrona no hicieron cuenta los de mi tierra; qué año fuese no lo sé; mas de que la semilla fue tan poco que la anduvieron conservando y multiplicando tres años, sin hacer pan de trigo, porque no llegó a medio almud lo que llevó, y otros lo hacen de menor cantidad; es verdad que repartían la semilla aquellos primeros tres años a veinte y a treinta granos por vecino; y aún habían de ser los más amigos, para que gozasen todos de la nueva mies.

Por este beneficio que esta valerosa mujer hizo al Perú, y por los servicios de su marido, que fue de los primeros conquistadores, le dieron en la ciudad de los Reyes un buen repartimiento de indios, que pereció con la muerte de ellos.

El año de mil quinientos y cuarenta y siete aún no había pan de trigo en el Cozco (aunque ya había trigo), porque me acuerdo que el obispo de aquella ciudad, don fray Juan Solano, dominico, natural de Antequera viniendo huyendo de la batalla de Huarina, se hospedó en casa de mi padre con otros catorce o quince de sus camaradas, y mi madre los regaló con pan de maíz; y los españoles venían tan muertos de hambre, que mientras les aderezaron de cenar tomaban puñados de maíz crudo, que les echaban a sus cabalgaduras, y se lo comían como si fueran almendras confitadas; la cebada no se sabe quién la llevó; créese que algún grano fue entre el trigo, porque por mucho que aparten estas dos semillas, nunca se apartan del todo.


Comenzó el intercambio de simientes y productos entre el continente Americano y España. Pronto se desarrollo en Europa en interés por las especies americanas y se difundió el consumo del tabaco y de cacao, manjar de dioses para Mesoamérica, y desde entonces reconocido como exquisito por todos los seres humanos.

En el intercambio de alimentación ambas civilizaciones salieron beneficiados, en otras relaciones ganaron más los conquistadores como siempre ocurre con las invasiones.

Florián

09 noviembre 2010

NUEVAS PROVINCIAS QUE EL INCA CONQUISTO, Y LA CONSTRUCCIÓN DE ACEQUIAS PARA REGAR LOS PASTOS



El Inca Páhuac Mayta y sus tíos, habiendo dado fin a su jornada y dejado los gobernadores y ministros necesarios para instruir los nuevos vasallos, se volvieron al Cozco, donde fueron recibidos del Inca con muchas fiestas y grandes favores y mercedes, cuales convenían a tan gran conquista como la que hicieron, con la cual acrecentó el Inca Viracocha su imperio hasta los términos posibles, porque al Oriente llegaba hasta el pie de la gran Cordillera y Sierra Nevada, y al Poniente hasta la mar, y al Mediodía hasta la última provincia de los chancas, más de doscientas leguas de la ciudad; y por estas tres partes ya no había qué conquistar, porque por la una parte le atajaba la mar, y por la otra las nieves y grandes montañas de los Antis; y al Sur le atajaban los desiertos que hay entre el Perú y el reino de Chili. Mas con todo esto, como el reinar sea insaciable, le nacieron nuevos cuidados de la parte de Chinchasuyu, que es al Norte; deseó aumentar su imperio lo que pudiese por aquella banda; y habiéndolo comunicado con los de su consejo, mandó levantar treinta mil hombres de guerra, y eligió seis Incas de los más experimentados que fuesen con él.

Proveído de todo lo necesario, salió con su ejército por el camino de Chinchasuyu, dejando por gobernador de la ciudad a su hermano el Inca Páhuac Mayta. Llegó a la provincia Antahuylla, que es de la nación Chaca; la cual, por la traición que hicieron al Inca Yáhuar Huácac al rebelarse contra él, fue llamada traidora por sobrenombre; y dura este apellido entre los indios hasta hoy, que jamás dicen Chanca que no añaden Auca, que quiere decir traidor. También significa tirano, alevoso, fementido, y todo lo demás que puede pertenecer a la tiranía y alevosía todo lo contiene este adjetivo Auca; también significa guerrear y dar batalla, porque se vea cuánto comprende el lenguaje común del Perú con una palabra sola.

Con la fiesta y regocijo que como gente afligida pudieron hacer los chacas, fue recibido el Inca Viracocha. El cual se mostró muy afable con todos ellos, y a los más principales regaló, así con palabras como con dádivas que les dio de vestido y otras presas, porque perdieron el temor del delito pasado, que como no había sido el castigo conforme a la maldad, temían si había de llegar entonces o después. El Inca, demás del común favor que a todos hizo, visitó las provincias todas; proveyó en ellas lo que le pareció convenir. Hecho esto, recogió el ejército, que estaba alojado en diversas provincias. Caminó a las que estaban por sujetar. La más cercana, llamada Huaytara, grande y muy poblada de gente rica y belicosa, y que había sido del bando de los rebelados. La cual se rindió luego que el Inca Viracocha envió sus mensajeros, mandándoles que le obedeciesen; y así salieron con mucha humildad a recibirle por señor, porque estaban escarmentados de la batalla de Yahuarpampa. El Inca los recibió con mucha afabilidad, y les mandó decir que viviesen quietos y pacíficos, que era lo que más les convenía.

De allí pasó a otra provincia llamada Pocra, por otro nombre Huamanca, y a otras que se dicen Asancaru, Parco, Picuy y Acos, las cuales todas se dieron con mucha facilidad, y holgaron ser de su imperio, porque el Inca Viracocha era deseado en todas partes por las maravillas que habían hecho. Habiéndolas ganado, despidió el ejército.

Ordenó lo que al beneficio común de los vasallos convenía, y entre otras cosas que mandó hacer, fue sacar una acequia de agua de más de doce pies de hueco que corría más de ciento y veinte leguas de largo; empezaba de lo alto de las sierras que hay entre Parcu y Picuy, de unas hermosas fuentes que allí nacen, que parecen caudalosos ríos. Y corría el acequia hacia los Rucanas, servía de regar los pastos que hay por aquellas despoblados, que tienen diez y ocho leguas de travesía, y de largo toman casi todo el Perú.

Otra acequia semejante atraviesa casi todo Cuntisuyu, y corre del Sur al Norte más de ciento y cincuenta leguas por lo alto de las sierras más altas que hay en aquellas provincias, y sale a los quechuas, y sirve o servía solamente para regar los pastos cuando el otoño detenía sus aguas. Estas acequias para regar los pastos hay muchas en todo el imperio que los Incas gobernaron; es obra digna de la grandeza y gobierno de tales príncipes. Puédese igualar estas acequias a las mayores obras que en el mundo ha habido, y darles el primer lugar, consideradas las sierras altísimas por donde las llevaban, las peñas grandísimas que rompían sin instrumentos de acero, ni hierro, sino que con unas piedras quebrantaban otras a pura fuerza de brazos, y que no supieron hacer cimbras para sobre ellas armar arcos y puentes con que atajar las quebradas y los arroyos. Si algún arroyo hondo se le atravesaba, iban a descabezarlo hasta su nacimiento, rodeando las sierras todas que se le ofrecían por delante. Las acequias eran de diez o doce pies de hueco por la parte de la sierra a que iban arrimadas.

Rompían la misma sierra para el paso del agua, y por la parte de afuera les ponían grandes losas de piedras labradas por todas sus seis partes de vara y media, y de dos varas de largo, y más de vara de alto, las cuales iban puestas a la hila, pegadas unas a otras, y fortalecidas por la parte de afuera con grandes céspedes y mucha tierra arrimada a las losas, para que el ganado que atravesase de una parte a otra no desportillase la acequia.

La acequia que viene atravesando todo el distrito llamado Cuntisuyu, la ví en la provincia llamada Quechua, que es al fin del mismo distrito, y tiene todo lo que he dicho, y la miré con mucha atención; y cierto son obras tan grandes y admirables, que exceden a toda pintura y encarecimiento que de ellas se pueda hacer. Los españoles, como extranjeros, no han hecho caso de semejantes grandezas, ni para sustentarlas, sin para estimarlas, ni aun para haber hecho mencionarlas en sus historias; antes parece que a sabiendas o con sobra de descuido, que es lo más cierto, han permitido que se pierdan todas. Lo mismo ha sido de las acequias que los indios tenían sacadas para regar las tierras de pan, que han dejado perder las dos tercias partes que hoy y muchos años atrás no sirven ya, sino las acequias que no pueden dejar de sustentar por la necesidad que tienen de ellas. De las que se han perdido, grandes y chicas, viven todavía los rastros y señales.

Fuente: Inca Garcilaso de la Vega, Crónicas de un reino.